El abuelo Becket seguía mirándose en el reflejo de la ventana como si acabara de descubrir una nueva versión de sí mismo.
Se acomodó el pelo —todavía un poco erizado—, giró la cabeza a un lado y luego al otro, evaluando el daño con una seriedad casi científica.
—No estoy tan mal —murmuró—. Un poco tostado… pero con carácter.
Detrás de él, sin embargo, el reflejo no coincidía del todo.
Donde debía estar la imagen tranquila de Sebastián, había otra cosa.
Una silueta más alta, con la tunica de la