La tía Clara fue la primera en verlo.
Alzó apenas la vista, con ese talento casi sobrenatural que tienen algunas mujeres para detectar oportunidades románticas incluso en medio de una guerra… o de una cena familiar.
Sus ojos brillaron.
Una sonrisa lenta, peligrosa, comenzó a dibujarse en su rostro.
—Oh… miren el muérdago —dijo con una inocencia tan exagerada que resultaba casi artística—. Con razón Omar dijo que tenían que besarse…—
El efecto fue inmediato.
Como si alguien hubiera presionado un