Después de que Sebastián y Eloisa convencieran a Omar de guardar el secreto, sellado con un juramento solemne al dinosaurio verde y una promesa de helado, Sebastián chasqueó los dedos con discreción. El aire vibró apenas, como cuando una luz parpadea antes de estabilizarse, todo volvió a la normalidad.
—Listo —murmuró Sebastián.
—Gracias, me acabo de ganar diez canas.— dijo Eloisa
El almuerzo transcurrió sin sobresaltos, hubo risas, platos que se pasaban de mano en mano, discusiones innecesarias sobre si la ensalada llevaba demasiada cebolla y el clásico “comé un poco más, estás flaca” dirigido exclusivamente a Eloisa.
Sebastián observaba todo con atención, no intervenía demasiado, pero sonreía cuando correspondía, incluso comió.
No porque lo necesitara, sino porque era parte del papel.
—Come bien, eh —comentó un tío—. Buen muchacho.—
Sebastián asintió, serio.—Me esfuerzo.—
Terminada la comida, como dictaba una tradición no escrita pero obligatoria, las mujeres se que