Después de que Sebastián y Eloisa convencieran a Omar de guardar el secreto, sellado con un juramento solemne al dinosaurio verde y una promesa de helado, Sebastián chasqueó los dedos con discreción. El aire vibró apenas, como cuando una luz parpadea antes de estabilizarse, todo volvió a la normalidad.
—Listo —murmuró Sebastián.
—Gracias, me acabo de ganar diez canas.— dijo Eloisa
El almuerzo transcurrió sin sobresaltos, hubo risas, platos que se pasaban de mano en mano, discusiones inne