La noche había caído con una calma inquietante sobre la ciudad. Elena se encontraba en el umbral del estudio de Alejandro, con las manos sudorosas y el corazón martillando en su pecho. A través de las grandes ventanas, veía cómo las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia, indiferentes a la tormenta que estaba a punto de desatarse entre ellos.
Alejandro estaba de pie, cerca de su escritorio, revisando unos papeles. Sus hombros, tensos como cuerdas, no dejaban entrever la tormenta interna