Capítulo 15. Alba tras la jauría
La luz grisácea del alba se filtró por las rendijas de las tablas, cortando el humo de la chimenea en láminas de polvo y frío. La noche no había terminado con un final heroico, sino con un desgaste lento, segundo a segundo, hasta que los aullidos se perdieron en el rugido del mar y el repiqueteo de la lluvia se convirtió en un goteo perezoso.
Eleanor sentía cada músculo de su espalda rígido contra la madera de la silla vieja. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, se desviaron hacia la ventana. Allí, Julian era una silueta de piedra. Había pasado la noche de pie, apoyado contra los tablones que cubrían el cristal, con la mano apretada sobre su costado herido. No se había quejado. No había pedido agua. Su silencio era una barrera infranqueable que Eleanor no se atrevía a cruzar; le daba miedo que, si hablaba, la fragilidad de su propia cordura terminara de romperse.
Sin decir una palabra, Julian apartó la pesada tranca de la puerta. El chirrido de las bisagras sonó como un grito