Las cajas iban y venían. Algunas cerradas con cinta adhesiva, otras abiertas a medio desempacar. Los empleados de la mudanza se movían con eficiencia, llevando muebles, acomodando estanterías y preguntándole a Sophia dónde debía ir cada cosa. Pero a pesar del bullicio, ella solo escuchaba el eco de su propia respiración.
El apartamento era amplio, luminoso. Pisos de madera impecables, ventanales altos que ofrecían una vista panorámica de la ciudad y una cocina con electrodomésticos que todavía