Sophia escribió el mensaje con manos que no temblaban. Aprendió hacía tiempo que el cuerpo se adaptaba a lo insoportable, como la piel al sol o al frío, como los dientes al apretar.
«Te gustaría que tengamos una cita? Una de verdad. Cena, vino, tú y yo. Sin excusas.»
Lo releyó una sola vez antes de enviarlo. No necesitaba revisarlo. Lo había pensado todo durante horas, en silencio, con una taza de té intacta sobre la mesa y las persianas apenas abiertas. La luz que entraba era tibia, pero su de