El calor era una cosa espesa y absurda. Octubre no tenía derecho a sentirse como enero, y, sin embargo, allí estaba Sophia, con la espalda pegada al asiento del coche y la frente húmeda a pesar del aire acondicionado que luchaba por no rendirse. Se bajó del auto frente a la casa de John con pasos firmes, aunque la idea de lo que podían encontrar le revolvía el estómago como un mal presagio.
John abrió antes de que tocara el timbre. Llevaba una remera de los Rolling Stones desteñida y un vaso de