Castor dio una calada al cigarrillo y miró otra vez el reloj. Las manecillas parecían burlarse de él, avanzando con lentitud exasperante. Llevaba veinte minutos esperando, y el parque estaba desierto. Apenas algún farol parpadeante y el murmullo constante del río, oscuro, profundo, como si también estuviera esperando algo que no llegaba.
Se frotó el brazo enyesado con torpeza. El yeso era incómodo, pesado. Le dolía hasta el alma. No solo por la fractura, sino por lo que significaba. Porque lo h