La taza de cerámica humeaba sobre la mesa con un aroma a café con canela que llenaba el pequeño café. Era una tarde templada, con el cielo encapotado y una calma extraña en el aire. Sophia se había atado el cabello en un moño flojo, vestía un saco azul marino de cuello alto y pantalones cómodos. Muy pronto tendría que dejar de lado sus cómodos sacos y usar algo más liviano, pues cada día hacía más y más calor. Gabriel, sentado frente a ella, tenía una camisa blanca con las mangas arremangadas y