El apartamento estaba en silencio, pero no era un silencio apacible. Era denso, como si algo invisible se hubiera quedado suspendido en el aire, esperando. Sophia caminaba con una taza de té entre las manos. La dejó sobre la mesa sin probarla. Afuera, el cielo estaba teñido de un gris plomizo, igual que sus pensamientos. Por fin las ansiadas lluvias de primavera iban a llegar.
Gabriel no tardó en llegar.
Entró como siempre: sin tocar la puerta, sin anunciarse, como si la casa fuera suya. Venía