El viento caliente le quemaba los pulmones, como si respirara carbones al rojo vivo, pero Thomas no se quejaba. Nunca lo hacía. Se había entrenado en peores condiciones, con menos aire en los pulmones, con más huesos rotos que intactos. Aquella tarde, en el campo abierto donde los Espartanos ensayaban desde hacía años, había algo distinto. No era el calor abrazador. Era el final.
Red García sostenía una tabla de ejercicios en una mano y un mug de café en la otra. Llevaba su gorra de beisbol tan