Castor odiaba los ascensores de vidrio. No por vértigo, sino por lo que devolvían: su reflejo.
Llevaba puesta una camiseta cualquiera y una sudadera gris con capucha, pero igual se reconocía. A veces deseaba no hacerlo. Subía al piso quince del edificio donde lo esperaba su terapeuta. No por orden de ningún juez ni de la liga. Sino por voluntad propia.
Apretó los dientes. No quería hablar. No quería decir que soñaba todas las noches con Xavier gritando. Ni que a veces pensaba en llamar a Sophia