El aire olía a flores, encierro, cebo de velas y a café barato. Sophia entró al salón con paso lento, discreto, sintiéndose casi una intrusa entre los rostros desconocidos.
Varias coronas con mensajes de los dolientes colgaban alrededor del cajón cerrado cubierto por camisetas de rugby e insignias militares.
En la foto del caballete, el Oso sonreía. Tenía el rostro curtido, los ojos pequeños, pero chispeantes. Como si fuera a decir algo pícaro en cualquier momento.
La última vez que Sophia lo h