Desde que se sentó en el sillón de cuerina blanca, Gabriel ya sabía que la cámara lo amaba. Lo sabía porque el productor se lo había dicho con una palmadita en la espalda, porque las luces lo habían seguido desde el camarín hasta el set, y porque en cuanto cruzó la puerta del estudio, se escucharon los chillidos agudos de su club de fans, Las Angelitas, como si fueran una orquesta desafinada de flautas sopladas con emoción desbordada.
—Con ustedes… ¡el capitán del seleccionado nacional! ¡El hom