La luz de la tarde entraba rasgando los ventanales del pequeño departamento de Magdalena Ortiz. El polvo flotaba en el aire como un ejército de partículas brillantes, suspendidas entre el calor de un café olvidado y la pantalla abierta de su laptop.
Magdalena estaba encorvada sobre el teclado, una mano sosteniéndose la frente, la otra haciendo scroll mecánicamente. Un titular sensacionalista llamó su atención:
"La nueva pareja del Arcángel del rugby: Gabriel Torr y Sophia Milstein".
Frunció el