Gabriel había hecho una reserva, pero cuando llegaron, el lugar ya no tenía mesas libres. Un error de sistema, dijo el encargado, con una sonrisa nerviosa y el teléfono pegado al oído. Él lo tomó con calma. Ni siquiera discutió. Solo se volvió hacia Sophia con una ceja levantada y esa expresión suya que siempre parecía estar a punto de reírse del mundo.
—¿Plan B? —dijo, como si ya lo tuviera preparado.
Y sí, lo tenía.
Caminaron cuatro cuadras más, atravesando una vereda de adoquines irregulares