La casa de los padres de John olía a comida recién hecha, a piso encerado y a domingos de toda la vida. En el comedor, la mesa estaba servida con una precisión que solo su madre podía lograr: servilletas bien dobladas, pan cortado en rodajas parejas, vasos de vidrio grueso y el infaltable centro de mesa con flores artificiales que ya nadie cuestionaba.
Sophia estaba sentada al lado de él, removiendo distraída una porción de ensalada que no había tocado en serio. Tenía el pelo recogido de forma