A Sophia le sudaban las manos. Y eso que no era su evento.
Estaban en el hall principal de la Fundación Katherine Switzer, un edificio antiguo remodelado con pretensiones de vanguardia. Techos altos, luces colgantes como gotas de mercurio, paredes forradas con fotografías en blanco y negro de momentos icónicos del deporte nacional. En una esquina, un mozo servía vino blanco en copas largas, que hacían un sonido agudo al chocar por accidente con los botones de las camisas. La gente hablaba bajo,