La taza de té humeaba sobre la mesita baja, pero Sophia no la tocaba.
Desde su rincón favorito de la sala, veía a Gabriel caminar por su departamento como si fuera suyo: se deslizaba entre los muebles, inspeccionaba los lomos de los libros en las estanterías, abría sin pedir permiso pequeños cofres donde ella guardaba recuerdos.
Su mano grande y firme pasó por las encuadernaciones gastadas de las novelas, deteniéndose a veces en algún título como si ponderara su valor.
Sophia se mordió el inter