El estadio era suyo.
Gabriel lo supo desde que el sol descendió justo detrás del cartel electrónico, iluminando su silueta como si el mismísimo universo aprobara su ascenso.
Ahí estaba él: en el centro del campo, los brazos alzados tras una asistencia perfecta. La pelota había viajado como un relámpago entre sus dedos, y el try había sido el desenlace inevitable de su genio. El público coreaba su apellido como si tuviera sabor a gloria en la boca.
—¡Torr! ¡Torr! ¡Torr!
Gabriel no corría: danzab