El aire sabía a hierro.
El vestuario entero parecía girar, inclinado en una pendiente invisible que lo arrastraba al abismo. Thomas no pensaba con claridad; su respiración era un trueno roto, desacompasado, y su corazón, un tambor de guerra al borde del estallido. Caminaba en círculos, sin destino ni orden, lanzando miradas vacías a las paredes, a las caras, a sus propias manos, como si pudieran decirle algo. Como si alguien —cualquiera— pudiera decirle algo.
Pero nadie decía nada.
—¡Suspendan