El sol de la mañana entraba a raudales por los tragaluces del atrio principal del Instituto Ríos. Lo que meses atrás había sido un edificio sitiado por la cinta amarilla de la policía y los titulares de escándalo, ahora respiraba una atmósfera de santidad científica. El aire olía a limpio, a futuro.
Camila Ríos caminaba por la galería del segundo piso, su mano descansando instintivamente sobre la curva pronunciada de su vientre de siete meses. Llevaba un vestido de maternidad de corte sastre en