La luz del sol en los Alpes suizos siempre tenía una cualidad irreal, como si el mundo estuviera siendo observado a través de un filtro de cuarzo. Alexander Blackwood se quedó de pie frente al ventanal, observando cómo el primer rayo de luz tocaba la cima del Cervino. El silencio en el refugio era absoluto, roto solo por el crepitar ocasional de los troncos que se habían consumido durante la noche en la gran chimenea de piedra.
En su mano sostenía la pequeña tarjeta de memoria. Era un trozo de