El cielo sobre los Everglades se había teñido de un color púrpura hematoma, presagiando la tormenta que se cernía sobre el pantano. El calor era una masa sólida que se pegaba a la piel, cargada de la humedad de la descomposición y el olor metálico de la sangre. Dentro del almacén, el tiempo se había detenido para Camila, pero su mente, entrenada en las profundidades del trauma ajeno, seguía operando con una precisión gélida.
Bianca, la mujer de la cicatriz, sostenía las tijeras con una mano que