La Mansión Vizcaya, en el corazón de Coconut Grove, brillaba bajo la luz de miles de bombillas de tungsteno. Era la noche de la "Gala del Renacimiento", el evento benéfico más prestigioso de Miami, aquel que Michael Sterling solía presidir con una sonrisa generosa. Esta noche, sin embargo, el aire se sentía cargado, eléctrico. Los invitados murmuraban detrás de sus copas de champán sobre el vacío que había dejado Sterling, pero sobre todo, hablaban del hombre que se esperaba que ocupara su luga