El aire en el hangar privado de Miami estaba viciado por el olor a combustible y la humedad del Atlántico. Alexander Blackwood esperaba junto a Camila, con los puños tan apretados que sus nudillos habían perdido todo rastro de color. Cuando la silueta de Julian Reed apareció entre los focos de la pista, la atmósfera se volvió irrespirable.
No hubo palabras de cortesía. Alexander se lanzó hacia adelante con la velocidad de un depredador, agarrando a Julian por la solapa de su abrigo de diseño. J