Camila Ríos siempre supo que su destino estaba ligado al alivio del dolor ajeno, incluso antes de saber que existía una profesión para ello. En los recuerdos más borrosos de su infancia en aquel pequeño pueblo de casas blancas, no se veía a sí misma jugando con muñecas, sino vendando las patas heridas de los perros callejeros o sentada en silencio junto a la cama de su abuela, sosteniendo una mano rugosa mientras la fiebre subía.
—Eres un ángel, Cami —le decía su madre, cansada tras una jornada