El silencio que siguió al corte de la llamada de Julian fue total. Alexander soltó el teléfono sobre el escritorio de mármol; el golpe seco resonó en la suite, marcando el final de la negociación a distancia. La luz azul de los monitores de Leo perfilaba el rostro de Alexander, exponiendo la tensión acumulada en sus hombros y la mirada fija en el vacío.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Alexander con la voz baja—. Me ha pedido que te entregue a cambio de la empresa. No es solo un traidor; está tratan