Camila se apoyó en el marco de la puerta del estudio privado, un espacio que Alex usaba para sus sesiones de trabajo más brutales. Eran las tres de la madrugada. La luz azul de tres monitores iluminaba el rostro de Alexander Blackwood, que llevaba tres días sin dormir. La barba incipiente, las líneas de tensión alrededor de la boca, y esa hiperconcentración febril le daban un aspecto fantasmal.
—Cerraste el trato asiático. Lo sé. Lo anunciarán en cuatro horas —dijo Camila, con una voz baja y un