Maribel miró su reflejo en el espejo y apenas se reconoció.
Había soltado su cabello natural, un tono rubio dorado que caía en ondas suaves hasta sus hombros. Sus ojos azul hielo, sin lentes ni máscaras, resaltaban con un brillo especial esa noche. No había peluca roja, ni escotes pronunciados, ni tacones desafiantes.
Era ella.
Solo ella.
Vestía un elegante vestido azul medianoche, largo, de caída fluida y escote discreto, con finos tirantes de pedrería que acentuaban su clavícula. Un abrigo de