Pedro Juan estaba en su oficina… pero no estaba realmente allí.
Desde que Maribel se fue del restaurante, con aquella elegancia implacable y la mirada rota detrás de su escudo, no había vuelto a dormir una noche entera. Tampoco comía bien. Apenas podía trabajar. Se estaba convirtiendo en el reflejo de lo que había evitado ser durante años: un hombre débil, atrapado en sus propias decisiones.
Con la mirada perdida en el ventanal, los rascacielos de la ciudad parecían reírse de él. Todos esos edi