El sonido del timbre fue casi imperceptible entre el murmullo de sus pensamientos, pero Maribel ya sabía de qué se trataba.
Corrió hasta la puerta, descalza, con el corazón latiendo a una velocidad que no sabía si atribuir al café de la mañana o a la tensión acumulada de semanas. Al abrir, vio al cartero con un sobre oficial, grueso, impreso con el sello del Colegio de Abogados.
—¿Maribel Fuentes? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.
Ella asintió. Tomó el sobre con manos temblorosas y lo