Maribel revisó el mensaje una vez más antes de borrar la notificación. La invitación al ballet aún reposaba sobre su escritorio, junto al sobre blanco con el elegante membrete del ballet de New York. No le había dado una respuesta a Rodrigo… pero la decisión ya estaba tomada.
No era por él.
Era por ella.
Porque no iba a permitir que nadie —mucho menos Pedro Juan— creyera que tenía el más mínimo control sobre su vida. Y si aceptar esa salida le servía para recordárselo, entonces estaba más que d