Mi padre había organizado una gala benéfica en el gran salón del Hotel Rossi con el fin de calmar a los inversionistas tras el escándalo de la iglesia. La consigna implícita era que yo luciera recatada, sumisa y arrepentida.
Elegí un vestido que gritaba mi nueva personalidad: negro, de un satén pesado que caía con una elegancia impecable hasta el suelo, pero con un diseño audaz que dejaba un hombro al descubierto y marcaba mi silueta con una sensualidad letal y sofisticada. Me solté el cabello