El vestido negro que Regina me había obligado a ponerme quedaba como una segunda piel. Era corto, de un satén que brillaba bajo las luces de la habitación, con un escote asimétrico y una espalda completamente descubierta. Cuando me miré al espejo del club nocturno, apenas me reconocí.
El lugar estaba abarrotado, la música vibraba en el suelo y el olor a perfume caro y alcohol inundaba el ambiente. Regina pidió dos tragos en la barra y me empujó a la pista. Por un par de horas, funcionó. El vodk