Mundo ficciónIniciar sesiónLlegué a la mansión con el peso de un día interminable sobre los hombros. Lo de la bodega estaba en pausa, una herida abierta que terminaría de cerrar más tarde; por ahora, solo necesitaba el silencio de mi casa, comida que no supiera a metal y un baño antes de volver a sumergirme en los negocios.
Zhenyu no me acompañó. Se despidió con esa sonrisa burlona suya, diciendo que prefería ahorrarme el espectáculo de verme sufrir y que aparecería después para "aconsejarme" cuando tuviera que enfrentarme a mi padre. Sabía que nos esperaban discusiones; con él, nunca era de otra forma.
Crucé el umbral y el sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas fue el primer alivio del día. Mi madre salió de la cocina al oír el coche; al verme, su expresión se suavizó y se acercó para saludarme.
—¿Cómo te fue? —preguntó, mientras nos apartábamos hacia el salón.
—Pesado. El día ha sido un poco más largo de lo previsto —respondí, lanzando una mirada fugaz hacia la escalera, como si esperara ver una sombra acechando.
—Tu esposa está arriba. Ya subieron sus maletas a su habitación —me informó. Fruncí el ceño al instante.
—¿A mi habitación? —Mi madre me dedicó una de esas miradas de reproche que no admiten réplica.
—¿Dónde más, Tianyu? Es tu esposa. Comparten habitación, te guste o no —solté un suspiro largo, sintiendo una punzada de irritación.
—Tienes razón —admití, masajeándome el puente de la nariz. El cansancio empezaba a nublarme el juicio.
—No seas tan duro con ella —pidió en voz baja—. Es una linda chica.
—¿Cómo puedes saberlo? Ni siquiera la conoces, mamá.
—Lo sé. Lo veo en sus ojos.
Ella siempre decía lo mismo, y lo peor es que rara vez se equivocaba con las personas. Pero con Liyan... con ella todo era diferente. No sentía curiosidad, no sentía atracción; me daba exactamente lo mismo lo que hiciera mientras no entorpeciera mis planes.
—No aseguro nada. Pero haré el intento de llevar la situación en paz —cedí, aunque mis palabras sonaron más a un contrato que a una promesa.
Mi madre no pareció muy convencida.
—Haré lo que pueda —insistí.
—Esfuérzate más.
—Me estoy esforzando.
Le dejé un beso rápido en la frente y subí. Necesitaba mi espacio.
Khan me recibió en el rellano, moviendo la cola con esa lealtad silenciosa que tanto apreciaba. Le pasé la mano por el lomo y las orejas antes de entrar en mis dominios. Eché un vistazo rápido a la estancia principal, pero no había rastro de ella. Sin embargo, la puerta del vestidor estaba entornada.
Dejé el saco sobre el respaldo del sofá, con un movimiento mecánico, y caminé hacia la habitación. Su gata estaba echada en mi cama, estirada sobre las sábanas grises como si fuera la dueña del lugar. Solté una exhalación pesada y seguí hacia el vestidor.
Entré sin hacer ruido. Allí estaba ella.
Estaba sentada en el suelo, rodeada de un caos de ropa y zapatos que profanaba la simetría de mi armario. Llevaba una falda ligera y una blusa de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros. Se veían delgados, finos, casi frágiles bajo la luz cálida de las lámparas. Su cabello caía en una cascada oscura sobre su espalda.
—¿Qué haces ahí? —solté. Mi voz sonó más dura de lo que pretendía, cargada de la frialdad que traía del puerto.
Dio un respingo violento y, antes de girarse, vi cómo escondía algo debajo de un montón de ropa. Un movimiento rápido, culpable. Aquello despertó mi instinto de inmediato.
—Estoy acomodando mi ropa —respondió con una obviedad que me irritó—. ¿No puedo?
—Haz lo que quieras —metí las manos en los bolsillos del pantalón, observándola desde arriba—. ¿Qué pasó hace rato?
Se puso de pie con lentitud. Fue entonces cuando noté el rastro de humedad en sus mejillas y el brillo en sus ojos. Había estado llorando. Me obligué a que no me importara; no era mi trabajo consolar a una Zhao.
—Dijiste que no necesitabas mi dinero y, apenas unas horas después, me llamas desesperada para que te saque de un apuro en una tienda. ¿De qué se trata esto, Liyan? ¿Es un juego?
—Sé lo que dije —respondió, apretando la mandíbula—. Pero no contaba con que me habrían robado hasta el último centavo.
Alcé una ceja, incrédulo. El cinismo afloró en mi gesto mientras me cruzaba de brazos.
—¿Quién te robó? ¿En Shanghái? ¿Bajo la vigilancia de mi chofer?
Ella apretó los puños a los costados, guardando un silencio que solo alimentó mi desconfianza.
—¿Quién fue? —insistí, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio—. Habla.
—¡Mi hermana! —estalló en un grito ahogado, con una furia que pareció quemarla por dentro.
¿Su hermana? ¿Había escuchado bien? Arqueé una ceja, procesando la información. En todos los informes que mi equipo había reunido sobre los Zhao, en cada contrato de alianza, Liyan figuraba como la pieza central. Nadie había mencionado a una hermana capaz de vaciar cuentas bancarias y desaparecer en las sombras.
—No debí decir eso —masculló ella de inmediato, cerrando los ojos como si quisiera tragarse sus propias palabras. El arrepentimiento le nubló el rostro al segundo.
—¿Tienes una hermana? —indagué, dando un paso más hacia ella. El misterio empezaba a ser más interesante que el desorden de su ropa.
—Como si te importara —me escupió, dándome la espalda con una brusquedad que casi me hizo sonreír.
Empezó a colgar sus vestidos en mi armario, invadiendo mi espacio con telas de colores que no encajaban con mi monocromía.
—Tienes una hermana y nunca la mencionaste. ¿Por qué el secreto? —insistí. En mi mundo, lo que no se dice es siempre lo más peligroso.
—Porque no importa —sentenció, colgando una blusa con manos que temblaban ligeramente.
—¿Que no importa? —repetí, incrédulo.
Para mí, Meilin lo era todo. Mi hermana era el único cable a tierra en esta mansión de espejos. No concebía la idea de borrar a un hermano del mapa, a menos que el odio fuera tan profundo como el que ella destilaba ahora. ¿Qué clase de nido de víboras eran los Zhao?
—No, no importa —continuó ella, y esta vez se giró, con la furia encendida en los ojos—. Ella me robó en mi cara. Cada centavo, cada ahorro... vació mis cuentas y se largó. Ahora no tengo ni un yuan partido por la mitad y no sé qué demonios voy a hacer.
Exhalé con pesadez, cruzándome de brazos mientras me apoyaba en el marco de la puerta.
—Vaya tragedia. ¿Y qué piensa hacer la gran Zhao Liyan? Eres tan independiente que imagino que ya tienes un plan maestro, ¿no?
—Voy a buscar un trabajo. No me queda otra opción —soltó ella.
Puse los ojos en blanco. La idea de una Zhao trabajando en un cubículo o detrás de un mostrador en Shanghái era tan ridícula como ofensiva.
—¿Trabajar? ¡Ah, claro! —chasqueé los dedos con sarcasmo—. Se me olvidaba que te encanta "ganar tu propio dinero". Muy noble de tu parte.
—Sí —respondió ella, con un tono tan seco y frío que por un momento me recordó a mi propio reflejo.
—No voy a permitir que la gente diga que mi esposa tiene que trabajar porque yo no puedo costear su vida de lujos —sentencié, recuperando mi tono de mando—. Sería un insulto para mi apellido.
—Como si te importara lo que digan los demás de ti —se burló ella con una risita amarga.
—No me importa su opinión, me importa mi imagen. En los negocios, la percepción es la única realidad que cuenta.
—Al fin y al cabo, es lo único que te importa, ¿verdad? La fachada —dijo, volviendo a su tarea.
Acorté la distancia entre nosotros en dos pasos silenciosos. Quedé justo detrás de ella, lo suficientemente cerca como para notar cómo sus hombros se tensaban al sentir mi presencia. Olía malditamente bien. Su perfume era algo delicado, suave, pero con una nota imponente que se me filtró en los pulmones. Por un segundo, quise inclinarme un poco más, descifrar esa esencia, pero me obligué a mantenerme firme.
Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué una tarjeta negra, fría y pesada. La alcé frente a sus ojos, obligándola a mirarla.
—Es tuya. No tiene límite.
No pude ver su rostro completo, pero el ligero espasmo en su cuello me confirmó su sorpresa.
—Úsala. Gasta mi dinero si eso te hace feliz, pero no vuelvas a llamarme a mitad de una reunión para que te rescate de una tienda de pinturas. No soy tu héroe, Liyan —dejé la tarjeta sobre uno de los estantes de madera pulida, justo al lado de su mano.
—No la necesito —dijo, aunque su voz carecía de la fuerza de antes.
—Sí, sí ya sabemos que no necesitas nada de mí —retrocedí con calma, dándole espacio para respirar—. Eres libre de intentar vaciarla.
—Podría gastar todo tu dinero —me desafió, girándose lentamente. Sostenía una prenda de seda entre sus dedos largos y elegantes. Se veía tan pequeña en medio de mis trajes, pero sus ojos seguían lanzando chispas.
—Inténtalo. Ya te dije que no tiene límite —le devolví una mirada gélida—. Gasta lo que quieras, no me importa. Solo mantén la boca cerrada y cumple con tu parte del trato.
—Eres insufrible —masculló, dándome la espalda de nuevo.
—Lo que digas.
Salí del vestidor sin mirar atrás. Necesitaba aire. Esperé a que mi madre nos llamara para comer, agradeciendo internamente que mi padre no estuviera en la mesa. Verlo era un recordatorio constante de todo lo que odiaba de esta familia. Por eso pagaba a esas enfermeras: para que alguien más cargara con el peso de un hombre que no supo ser padre, y para evitar que mi madre se consumiera cuidando a alguien que nunca se lo mereció.
Pocos minutos después, Mei llegó de la universidad y nos sentamos a la mesa. La gata de Liyan bajó las escaleras con una cautela casi cómica; se notaba que el animal, al igual que su dueña, sentía que esta casa era un territorio hostil. Un terreno nuevo para ambas.
—¿Cómo va la universidad? —le pregunté a Mei, tratando de suavizar el ambiente.
—¡Excelente! —exclamó ella con esa espontaneidad que siempre me recordaba que, a pesar de todo, aún había luz en esta familia. Mei era la versión optimista de mí mismo; vivía como si el mañana fuera un concepto abstracto—. Pronto haremos un viaje —dijo, lanzándonos una mirada cómplice a mamá y a mí—. Espero tener su permiso.
—Solo si te portas bien hasta entonces —le advertí con un tono protector. Ella entornó los ojos, fastidiada por mi respuesta de "hermano mayor".
—¿Y tú qué hiciste hoy, Liyan? —preguntó Mei de repente.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ella no levantó la mirada del plato. No se movió. Era como si el nombre "Liyan" fuera un eco que no lograba alcanzarla.
—¿Liyan? —insistió Mei. Mi madre también dejó de comer, notando la extraña desconexión.
Finalmente, ella parpadeó y levantó la vista, luciendo genuinamente confundida por un segundo antes de recuperar la compostura.
—¿Disculpa? —le dijo a Mei.
—Que qué hiciste hoy. ¿Te gustó Shanghái?
—Es muy bonito. No tuve tiempo de conocer mucho, pero me gustaría hacerlo.
La chispa en los ojos de Mei me dijo que ya estaba tramando algo. Quise frenarla, pero si lograba sacar a Liyan de mi presencia unas horas, casi se lo agradecería.
—Puedo llevarte a mis sitios favoritos —propuso Mei con entusiasmo.
—Mei... —mi madre alargó el nombre, una advertencia silenciosa que mi hermana ignoró olímpicamente.
—¡Ash! Liyan no va a pasarse la vida encerrada aquí —declaró Mei, alzando el tenedor como si fuera un arma—. Necesita conocer y vivir, sin importar lo que digan las lenguas viperinas de esta ciudad.
Cuando a mi hermana se le metía algo en la cabeza, no había poder humano que la hiciera retroceder. En eso, lamentablemente, se parecía demasiado a mí.
—De acuerdo —cedí—. Pero no saldrán sin protección.
Mei bufó y puso los ojos en blanco, pero cuando vio que mi expresión no admitía discusión, aceptó a regañadientes. Hablamos de temas banales el resto de la comida, con mi madre y mi hermana bombardeándola a preguntas. Querían descifrarla, pero yo ya sabía la verdad: éramos dos extraños atados por un contrato de sangre y conveniencia para expandir imperios. Nada más.
Terminé de comer y subí a la habitación. Necesitaba una ducha fría antes de ir a la bodega. El asunto con Chen quemaba en mis manos; Zhenyu estaba impaciente por ver sangre, aunque sería yo quien hiciera el trabajo sucio mientras él observaba desde la seguridad de las sombras.
Salí de la ducha con el vapor empañando los espejos y, como si el destino se empeñara en ponernos a prueba, ella entró en la habitación. Solo llevaba una toalla enredada a la cadera, dejando mi torso al descubierto.
Liyan se quedó helada en el umbral. Sus ojos se abrieron de par en par, y supe exactamente lo que estaba viendo. No era el cuerpo limpio y cuidado de un niño rico de ciudad. Ante ella estaba la armadura de tinta de un hombre que conocía el infierno.
El dragón de cinco garras se enroscaba desde mi hombro izquierdo, descendiendo por mi pecho con escamas negras que parecían moverse con mi respiración. En mi espalda, el diseño se volvía más denso, una maraña de sombras y símbolos de la Tríada que marcaban mi rango y mi historia. Tinta ganada con cicatrices.
Su mirada curiosa se centró en los tatuajes más tiempo del debido. No dijo nada, pero la tensión en el aire se volvió espesa, eléctrica. Entró y cerró la puerta tras de sí.
—Qué mala costumbre la tuya, la de no tocar la puerta —dije, rompiendo el hechizo con mi voz más gélida.
Pasó a mi lado, rozando casi mi piel, y se refugió en el vestidor.
—Qué mala costumbre la tuya, la de no avisar que andas desnudo por ahí.
—No estoy desnudo —aclaré, acercándome al armario para buscar ropa limpia.
—Solo una toalla cubre tu "decencia" —replicó ella desde el fondo del vestidor.
—Algún día vas a tener que verme desnudo —solté con una sonrisa cínica mientras tomaba mis pantalones.
—Espero que no —respondió ella de inmediato.
—Y algún día... yo tendré que verte desnuda a ti.
Escuché un resoplido de indignación.
—Espero que no —dijo, esta vez con más fuerza.
Me daba la espalda mientras seguía peleándose con sus maletas. Me coloqué los pantalones, sintiendo cómo el roce de la tela ocultaba de nuevo la tinta que tanto la había hipnotizado.
—¿Vas a salir? —preguntó sin girarse.
—Sí. ¿Por qué? ¿Acaso quieres saber a dónde va tu flamante esposo? —Una risita seca escapó de sus labios.
—Para nada. Puedes morirte si quieres.
—¡Auch! —exageré el gesto, aunque una parte de mí disfrutaba de su veneno—. Qué cruel eres, Liyan.
—Idiota.
Terminé de vestirme en silencio. Me puse la camisa, ocultando al monstruo bajo la seda, y bajé las escaleras. Chen me esperaba en la bodega, y yo no era de los que llegaban tarde a una cita con la traición.







