Mundo ficciónIniciar sesiónLiyan no solo me había dejado a la deriva en un mar de mentiras; también me había saqueado. Todos mis ahorros, cada yuan que había guardado con esfuerzo durante los últimos años, habían desaparecido de la noche a la mañana. Ni siquiera me di cuenta del momento exacto en que me vació las cuentas. Había estado tan ocupada tratando de encajar en su piel, de respirar como ella y de no desmoronarme ante los Lin, que ignoré las notificaciones del banco.
Ella se aprovechó de todo: de la confianza que le di, del lazo de sangre que nos unía. Conocía mis contraseñas, mis números, y sabía que nuestro parecido físico era la llave perfecta para usarme y robarme sin levantar sospechas.
—Señorita —me llamó el guardia, sacándome de mis pensamientos.
Había pasado por una tienda de suministros de arte para comprar algunas brochas y óleos; necesitaba algo que hacer, algo que me recordara quién era yo en medio de esa mansión asfixiante. Pero cuando quise pagar, la tarjeta fue rechazada. Una y otra vez. "Fondos insuficientes", decía la pantalla, como una burla cruel.
Ahora me encontraba en la oficina trasera de la tienda, con dos guardias de seguridad custodiando la puerta como si fuera una criminal común.
—Tenía dinero en la tarjeta. En todas —aclaré, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello—. Le juro por mi gata que tenía fondos.
—¿Y cómo piensa pagar todo esto entonces? —preguntó el encargado, señalando las bolsas sobre el escritorio.
—No tengo efectivo —admití, con la voz quebrada por la humillación—. Pero…
En ese instante, las palabras de Tianyu en la habitación resonaron en mi cabeza. Él me lo había advertido. Me había ofrecido su dinero y yo lo rechacé con una arrogancia que ahora me explotaba en la cara. ¿Dónde quedaba mi orgullo de mujer independiente? Le grité que no lo necesitaba, que sabía ganar lo mío. Y ahora, antes de que terminara el primer día, tenía que llamarlo para confesarle que me habían desplumado.
Pensaría lo peor de mí, se burlaría, pero no tenía otra salida.
—Voy a llamar a mi esposo —dije, tratando de recuperar algo de dignidad.
Cuando Meilin me pasó el contacto de su hermano esa mañana, pensé que jamás lo usaría. Qué equivocada estaba. Marqué su número y el tono de llamada sonó un par de veces antes de que su voz gélida me respondiera.
—Diga.
—¿Lin? —intenté mantener la calma, pero el pánico me cerraba la garganta. Nunca me había sentido tan pequeña.
—¿Quién habla? —preguntó. Sabía perfectamente que era yo, pero decidió jugar conmigo, fingiendo amnesia para obligarme a pronunciar el nombre que tanto odiaba.
—Soy yo… —estuve a punto de soltarle un insulto, pero me contuve—. Liyan.
El nombre me supo a hiel. Estaba tan furiosa con mi hermana, tan decepcionada, que si la tuviera enfrente la golpearía hasta que me dolieran las manos.
—Ah, eres tú. ¿Qué se te ofrece? —Su tono era exasperante, una mezcla de desidia y poder que me hacía rabiar.
—Necesito que me ayudes —solté de golpe.
Me dolía pedirle ayuda al hombre que me miraba como si fuera un estorbo, pero el guardia no me quitaba la vista de encima, esperando el menor movimiento para actuar.
—¿Qué hiciste?
—Yo no hice nada —bufé, irritada.
—¿Entonces?
—Vine a comprar unas cosas y mi tarjeta no pasó. No tiene fondos —musité, bajando la voz por la pena.
—¿Qué? No escuché lo último —dijo él. Podía imaginar su sonrisa cínica al otro lado de la línea.
—No me hagas enojar —mascullé entre dientes.
—Entonces... resulta que sí necesitas mi dinero.
No fue una pregunta. Fue una sentencia que él necesitaba que yo confirmara para poder pisotear mi orgullo un poco más.
—Sí. Necesito dinero —dije, sintiendo que cada palabra me pesaba una tonelada.
—De acuerdo. Pásame a la persona que tienes enfrente.
No lo dudé y le entregué el móvil al guardia. El hombre escuchó en silencio, asintiendo con una seriedad que solo el nombre de los Lin podía imponer. —Entiendo, señor Lin. No se preocupe.
La llamada terminó rápido. Me devolvió el teléfono, pero Tianyu ya había colgado. Idiota. Ni siquiera se despidió.
—Su esposo se hará cargo de la cuenta —informó el guardia, haciéndoles una seña a los hombres de la puerta para que me dejaran salir.
Al subir al coche, la rabia que había contenido estalló. Saqué el móvil y le redacté un correo electrónico a Liyan. Ya que no respondía mensajes ni aparecía en redes, esperaba que al menos leyera mis reclamos. Le grité por escrito todo lo que me había hecho: el matrimonio forzado, la farsa y ahora el robo de hasta mi último yuan.
Nunca se lo perdonaría. Jamás.
Al cruzar el umbral de la mansión, el aroma a comida casera me recibió como un abrazo inesperado. Me asomé a la cocina y encontré a la señora Lin junto a la cocinera, moviéndose entre vapores y especias. Intenté retroceder sin hacer ruido, buscando refugio en mi soledad, pero ella fue más rápida.
—Hola, Liyan. ¿Cómo te fue?
—Bien, gracias por preguntar —respondí, escondiendo un poco las bolsas de la tienda, todavía sintiendo el escozor de la humillación en las mejillas.
—Me alegra mucho. Me tomé la libertad de subir tus maletas a la habitación, espero que no te moleste. Si necesitas ayuda para organizar todo, dímelo.
Casi había olvidado que no había traído una maleta, sino varias. Mi vida entera venía en ese equipaje.
—Se lo agradezco. Si necesito algo, se lo haré saber —le regalé una sonrisa forzada, tratando de parecer la nuera agradecida que esperaban.
—No es nada. La comida está casi lista; en cuanto lleguen mis hijos, nos sentaremos a la mesa.
Asentí y escapé escaleras arriba. El segundo piso era un mundo aparte, dividido entre el dominio del padre y el del hijo. Antes de llegar, me crucé con una enfermera que bajaba en silencio. Me recordó la imagen del viejo Lin en la boda: un hombre que parecía sostenerse en este mundo solo por pura voluntad, marchito y apoyado en un bastón.
Hana me esperaba en la sala del piso superior. Khan, el doberman, la vigilaba desde la terraza con una fijeza inquietante. Al menos no se la había desayunado. Al verme, mi gata saltó del sofá y se acercó contoneándose. Era una diva de pelo blanco como la nieve, acostumbrada a los masajes y a las patas limpias. Yo la había malcriado, pero en este lugar, ella era lo único que me pertenecía de verdad.
—¡Hola, pequeña! ¿Me extrañaste? —la cargué y entramos en la habitación.
El espacio de Tianyu era... él. Una cama inmensa de sábanas grises, iluminación cálida pero discreta y un ventanal que ofrecía una vista perfecta del jardín tras cortinas de lino oscuro. Todo era minimalista, funcional y gélido. En su mesita de noche solo había un reloj de lujo, unos gemelos de plata y un retrato de su madre y Meilin. Ni un recuerdo más. Ni una pizca de desorden.
Solté un suspiro al ver mis maletas en un rincón. Me puse zapatos bajos y cómodos, me quité la chaqueta y me quedé solo con una blusa fina de tirantes. El trabajo me ayudaría a no pensar.
Al abrir el vestidor, me quedé sin aliento. Era un templo al orden. Trajes oscuros, camisas blancas perfectamente alineadas; ni una sola prenda fuera de lugar. Sentí que tocar cualquier cosa sería un sacrilegio. Con cuidado, empecé a sacar mis pertenencias: ropa, abrigos y esos pequeños tesoros que me daban identidad. Entre ellos, mi diario de la adolescencia.
Me dejé caer en el suelo, rodeada de mis cosas, y el peso de los recuerdos terminó por ganarle a la rabia. Pensé en Liyan. Estaba furiosa, sí; me había robado, me había mentido y me había vendido. Pero ver nuestras fotos viejas me recordaba que, a pesar de todo, seguía siendo mi hermana. El amor no se borra tan rápido como el saldo de una cuenta bancaria.
Estaba perdida en ese limbo entre el dolor y la nostalgia cuando una sombra se proyectó sobre el suelo del vestidor.
—¿Qué haces ahí?
Su voz cortó el aire como un cuchillo de hielo. Fue tan dura, tan distante, que un escalofrío me recorrió la columna, erizándome la piel. No necesitaba girarme para saber que el dueño de la casa había regresado, y no parecía estar de humor para compartir su santuario.







