Capítulo 8.

Tianyu 

El aire en el muelle de Shanghái siempre sabía a salitre y metal oxidado. La bodega número 9 era un espacio inmenso, sumido en penumbras, donde el único sonido era el goteo de la humedad y el zumbido de un generador viejo.

Zhenyu estaba apoyado contra un contenedor, fumando con una calma que me irritaba. En el centro, iluminado por una sola bombilla amarillenta, estaba Chen. Atado a una silla de madera, sudando a pesar del frío.

—Señor Lin... por favor... —empezó a sollozar en cuanto me vio entrar.

No respondí. Me quité el reloj y lo dejé con cuidado sobre una caja de madera. Empecé a enrollarme las mangas de la camisa blanca con una precisión exasperante.

—El contenedor de Hong Kong, Chen —dije, mi voz apenas un susurro que rebotó en las paredes de chapa—. Tenía antigüedades. Piezas que mi padre valora mucho.

—¡Nos emboscaron! Eran demasiados... —su voz se quebró.

Me detuve frente a él. Me incliné lo justo para que pudiera ver su reflejo en mis ojos. No había rastro de odio en ellos, solo una indiferencia absoluta. Eso era lo que más le aterraba.

—Mentir requiere talento, Chen. Y tú no lo tienes. Las cámaras del muelle se apagaron exactamente tres minutos antes del "asalto". Solo alguien con los códigos de acceso pudo hacerlo.

—Yo... yo no...

—Zhenyu —llamé sin apartar la vista del traidor.

Mi primo dio un paso al frente y dejó caer una bolsa de deporte a los pies de Chen. Al abrirse, cientos de fajos de billetes nuevos quedaron a la vista. El pago por la traición.

—Es curioso —añadí, tomando un estilete que descansaba sobre una mesa de herramientas cercana—. Te vendiste barato. Los Zhao habrían pagado más por tu silencio, pero decidiste quedarte con el dinero de los competidores locales.

El silencio que siguió fue denso. Chen empezó a temblar de forma violenta.

—No te voy a matar, Chen —le dije, pasando la yema del dedo por el filo de la hoja—. La muerte es un final demasiado limpio para alguien que muerde la mano que lo alimenta. Pero te aseguro algo...

Me acerqué a su oído, mi aliento frío rozando su piel erizada.

—A partir de mañana, desearás haber muerto en este muelle.

El pánico de Chen era casi palpable, una vibración que llenaba el espacio entre nosotros. Me alejé un par de pasos, dándole un segundo para que imaginara su propio final. El estilete en mi mano brillaba bajo la luz mortecina de la bombilla, un recordatorio de que en la Tríada, la lealtad no se pide, se garantiza con dolor.

—Zhenyu dice que siempre soy demasiado cerebral —comenté con una calma que parecía sacada de otra realidad—. Que debería disfrutar más del "trabajo de campo". Pero a mí me aburre el caos. Prefiero el orden.

Me detuve frente a él y, sin previo aviso, apoyé la punta del estilete sobre el dorso de su mano, justo donde se unían los tendones. Chen ahogó un grito que se convirtió en un gemido lastimero.

—¿Sabes por qué los Lin hemos sobrevivido tres generaciones en Shanghái? —pregunté, presionando apenas lo suficiente para que una gota de sangre empezara a manchar el cuero de la silla—. Porque sabemos cuándo cortar una rama seca.

—¡F-fueron los Zhou! —soltó de repente, las palabras atropellándose en su boca—. No los Zhao, sino los Zhou de Macao. Ellos me contactaron... me dijeron que la alianza con los Zhao era una debilidad que los Lin no verían venir.

Mis ojos se entrecerraron. Los Zhou. Era un nombre que no esperaba escuchar tan pronto, pero que encajaba perfectamente en el rompecabezas de traiciones que rodeaba mi matrimonio.

—Zhenyu, tráeme las tenazas —ordené sin apartar la vista de Chen.

—Tianyu... no... ¡te lo he dicho todo! —el hombre empezó a forcejear con las cuerdas, haciendo que la silla chirriara violentamente sobre el hormigón.

—Me has dado un nombre, Chen. Pero el precio por apagar las cámaras de mi muelle es mucho más alto que una simple confesión —me incliné, y por un segundo, mi camisa se tensó, dejando ver el relieve del dragón en mi hombro bajo la tela fina—. En mi mundo, quien no tiene palabra, no necesita dedos para firmar contratos.

El primer grito de Chen fue seco, desgarrador, y rebotó en las paredes de chapa de la bodega como un trueno. Zhenyu ni siquiera parpadeó; se limitó a exhalar una nube de humo, observando el espectáculo con esa curiosidad técnica que lo caracterizaba.

No hubo piedad. No hubo duda. Cada movimiento que hice fue preciso, calculado para infligir el máximo dolor sin que perdiera el conocimiento. Quería que recordara cada segundo de este día. Quería que, cada vez que mirara sus manos mutiladas, viera mi rostro y supiera que el "niño rico" de los Lin era en realidad el verdugo de la Tríada.

Cuando terminé, me limpié las manos con un pañuelo de seda blanca que rápidamente se tiñó de un carmesí denso. Lo dejé caer sobre el regazo de un Chen semiconsciente y sollozante.

—Desátalo —le dije a Zhenyu mientras me bajaba las mangas de la camisa y me colocaba el reloj con movimientos lentos—. Déjalo en la puerta de los Zhou. Que vean lo que sucede cuando intentan comprar lo que me pertenece.

Caminé hacia la salida sin mirar atrás. El aire frío de la noche me golpeó la cara, pero no logró limpiar el olor a sangre que parecía haberse quedado impregnado en mi piel.

Mientras subía al coche, solo podía pensar en una cosa: si los Zhou estaban moviendo fichas, ¿qué papel jugaba Liyan en todo esto? ¿Era la carnada o era el premio?

—A casa —le ordené al chofer—. Tengo asuntos pendientes con mi esposa.

Entré en la habitación con el pulso todavía acelerado. El olor a hierro y miedo de la bodega se me había quedado pegado a la piel, recordándome quién era yo en realidad cuando me quitaba la máscara de empresario.

Ella estaba allí, recostada, bañada por la luz de luna que entraba por el ventanal. Parecía la imagen misma de la inocencia, pero yo ya no creía en cuentos de hadas. En mi mundo, la belleza era solo el envoltorio de la traición.

—¿Estás despierta, Liyan? —solté. Mi voz salió más ronca de lo normal, cargada de una sospecha que me quemaba las entrañas.

Ella se incorporó lentamente, frotándose los ojos. Su fragilidad me irritaba porque me hacía dudar, y yo odiaba dudar.

—Acabas de llegar... —murmuró ella, notando seguramente mi estado de agitación.

—Dime una cosa —me acerqué al sillón, invadiendo su espacio personal hasta que pude oler su perfume mezclado con el rastro de la noche—. ¿Qué tan bien conocen los Zhao a los Zhou de Macao?

Vi cómo se tensaba. Un micro-gesto que para cualquier otro habría pasado desapercibido, pero para un hombre entrenado en detectar mentiras, fue como un grito.

—¿De qué hablas? No entiendo...—la interrumpí.

—No me mientas —la interrumpí, agarrando su mentón con una firmeza que bordeaba la agresión, obligándola a mirarme a los ojos—. Ese matrimonio se pactó hace años. Nuestras familias han estado "unidas" por conveniencia mucho tiempo. Y hoy, uno de mis hombres confiesa que los Zhou de Macao están detrás del robo en mis muelles.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —su voz tembló, pero se mantuvo firme.

—Tiene todo que ver. ¿Es ese el plan, Liyan? ¿Dormir en mi cama, usar mi apellido y actuar como la esposa perfecta mientras tu padre le da las llaves de mi ciudad a mis peores enemigos? —le solté la cara con desprecio—. Esa historia de la hermana que te robó... es muy conveniente, ¿no crees? Una excusa perfecta para explicar por qué no tienes dinero y por qué necesitas estar tan cerca de mí.

—¡Es la verdad! —exclamó ella, sus ojos llenándose de una rabia que parecía real, pero yo ya estaba convencido de mi propia teoría.

—Mañana mismo investigaré a esa supuesta hermana —sentencié, dándome la vuelta para quitarme la camisa, dejando que la luz de la luna golpeara la tinta en mi espalda—. Y si descubro que me estás ocultando algo, si descubro que eres el puente entre los Zhao y los Zhou de Macao... desearás no haber nacido. Porque en esta casa, a los traidores no se les pide el divorcio. Se les elimina.

—No sé de qué hablas. Tanto poder te ha vuelto loco —soltó ella, pegándose al respaldo del sillón como si el mueble pudiera tragársela. Se cubrió el pecho con la frazada, buscando refugio en la calidez de su gata que dormía a su lado, ajena a la tormenta que soplaba en la habitación.

—Oh, no... —la señalé con un gesto cargado de cinismo—. No vamos a jugar a que he perdido la cabeza. No vamos a fingir que tu maldita familia no tiene hilos conectados con los Zhou de Macao. Qué casualidad, ¿no? Se pierde justamente el contenedor con las piezas que tu padre se aseguró de despachar personalmente.

—¿Y eso no lo perjudica a él también? —indagó. Sus ojos estaban cristalinos, fijos en mí con una expresión de horror puro por lo que yo fuera capaz de hacer.

—Tal vez —mascullé—, pero a veces conviene perder un cargamento grande para ganar algo mucho más oscuro.

—Mi padre no es idiota, Lin. Sabe que si pierde esa carga, el costo que debe pagarle a la Tríada es mucho más elevado que cualquier beneficio.

—¿Y tú cómo sabes tanto de costos y riesgos? —alcé una ceja, dándole un paso de caza.

Noté cómo su guardia flaqueaba. Su mirada bajó, deteniéndose más tiempo del debido en mi abdomen descubierto, para luego subir lentamente hacia mi rostro. Pasó saliva con dificultad. El aire entre los dos se volvió espeso, eléctrico.

—¿Crees que soy estúpida? ¿Que no sé de los negocios sucios de mi sangre? —Su voz tembló, pero no se rompió—. He fingido no saber nada solo para no meterme en problemas, pero sé perfectamente a qué se dedican tu familia y la mía. Escuché a mi padre decir que vas a heredar su lugar cuando muera... —Apretó los labios, como si las palabras le amargaran.

—Por esa razón a tu padre le urgía que este contrato se firmara con sangre. Que nos casáramos.

—Se quería deshacer de mí —soltó ella. Me lanzó una risa corta, divertida e incrédula, que me irritó los nervios.

—¿Crees que soy idiota? —Ella se encogió de hombros, desafiante.

—Si tú así lo piensas, no soy nadie para contradecirte.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Con dos grandes zancadas cerré la distancia y la atrapé, tomándola de la mandíbula con una mano. Mis dedos se hundieron en sus mejillas, obligándola a sostener mi mirada. Había miedo en ella, sí, pero también una determinación que me fascinaba. Me temía, pero su fuerza de voluntad era un muro que no me daría el gusto de ver derrumbado.

—Me llego a enterar de que tienes algún tipo de relación con los Zhou... y estás muerta —sentencié con una voz ronca que no parecía la mía.

—¡Te dije que no los conozco! —me empujó con ambas manos, una fuerza desesperada—. Ve a dormir en vez de alimentar esa paranoia de que todos están en tu contra.

Retrocedí unos pasos, soltándola, y me senté en la orilla de la cama. Me quité los zapatos con movimientos bruscos y luego el pantalón. Liyan —o quien demonios fuera esta mujer— se cubrió los ojos de inmediato con la frazada.

—Me saliste tan puritana —bufé, observando su rechazo.

—No quiero verte desnudo, Lin. Es simple.

Me levanté y me acerqué sin hacer ruido. Mis pies descalzos no emitieron sonido sobre el piso de madera. Ella no se dio cuenta de mi proximidad hasta que le cogí la muñeca con firmeza y llevé su mano directamente hacia mi entrepierna, sobre la tela de mi ropa interior. Soltó un chillido ahogado y apartó la mano como si mi piel le quemara, como si le diera asco.

Me eché a reír. Una carcajada ruda ante su reacción tan exagerada.

—Actúas como si nunca hubieras tocado a un hombre en tu vida.

Se puso seria al instante. Su silencio fue como un bofetón de realidad. Mi expresión también cambió; la diversión se evaporó, dejando paso a una seriedad gélida. La miré fijo, buscando la mentira en sus ojos, pero no la encontré.

—No me digas que... —Abrí los ojos de par en par, la sospecha golpeándome como un mazo—. No es cierto.

Su mirada lo decía todo. La forma en que evitaba mis ojos, el rubor violento que subía por su cuello.

—¿No has estado nunca con un hombre?

—¡Eso no te importa! —gritó, cubriéndose de nuevo con la frazada y haciéndose un ovillo en el sillón, tratando de desaparecer.

Eso sí que no me lo esperaba. Una mujer con esa belleza salvaje, con ese cuerpo que de seguro le quitaba el sueño a más de uno, ¿nunca había sido tocada? La idea de que fuera virgen, de que fuera un territorio virgen en medio de este mundo de pecado, encendió algo primario en mi sangre.

—Puedo ser el primero en tu vida —sugerí, todavía en calzoncillos, dando un paso hacia su refugio de tela.

—¡Púdrete! —se hundió más en el sillón, como si la frazada pudiera salvarla de lo que yo estaba empezando a desear con una intensidad destructiva.

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