11. ¿Pueden quitarme a mi hijo?

La mañana del sábado nos encontrábamos en la cocina haciendo la lista. Ese día tocaría hacer una compra en el supermercado, como todo fin de mes. Estaba mentalizada en comprar lo necesario, guardar un poco para la intervención de mi madre y suficiente para el transporte público. Calculaba que solo tendría un margen para buscar un trabajo por un mes.

Para muchos no era nada, pero para mí significaba que estaría con la cuerda al cuello.

—Mami, ¿podemos comprar mi cereal de chocolate? —Edward saltaba emocionado de un lado a otro.

—Claro, mi pequeño Ed —susurré, tachando de la lista la leche de almendra que tomaba para poder cambiarla por su cereal—. ¿Algo más, cariño?

—Mmm… —sonrió dando saltos— y quiero panqueques, muchos panqueques.

Dejé escapar un leve suspiro, cambiándolo por una sonrisa. Tachaba en mi lista el jugo que iba a comprar para mí, pensando que muy probablemente tendría que compensarme con agua. En mi lista estaban casi todos los alimentos para Edward y sus meriendas para la escuela. En la de mi madre también; su médico de cabecera me había recomendado una nutricionista para evitar tanta fatiga por su cáncer.

Apretaba el lapicero que sostenía con fuerza; a veces sentía que Dios me estaba abandonando.

Deudas, y ahora una injusticia que ni siquiera podía apelar en la oficina de trabajo, pues en el contrato que firmé tenían la libertad de despedirme cuando quisieran, sin justificación. Terminé la lista y salí tomada de la mano de mi pequeño.

Me contaba sobre todo lo que compraríamos mientras en mi mente solo calculaba que sería únicamente lo necesario. Por algún motivo, me volteé, pues tenía el extraño presentimiento de estar siendo observada. Miré varias veces hacia mi espalda, notando que no venía nadie, por lo que simplemente lo ignoré.

Entramos al supermercado, donde Edward iba de un lado a otro, emocionado con las frutas, verduras, e incluso haciendo preguntas como: “¿Por qué la sandía es fruta y el brócoli es vegetal si ambos son verdes?”.

Mi mente se distrajo; por ahora estaba en una sola cosa: ahorrar. Era ese estado de perderse en la cabeza haciendo cálculos mentales de qué se debe y qué no se debe comprar. Me coloqué en el área del pan, donde buscaba los que estaban en descuento, notando que incluían uno… pero la fecha de vencimiento estaba próxima. Dejé escapar un leve suspiro; podría aguantar si comía varios por día para ayudarme con el hambre.

—No considero conveniente que compres eso.

Su perfume distintivo era su marca personal. Su olor amaderado mezclado con masculinidad era suficiente para atraer, además de que resaltaba entre los productos del supermercado. Giré con detenimiento, notándolo tomar uno de los productos frente a él, frunciendo el ceño al ver la fecha.

El área había estado a temperatura ambiente, pero en ese momento la temperatura aumentó. Nuestros ojos se encontraron; dentro de mí sentía mi corazón palpitar de manera desesperada. Mi subconsciente ordenó a esa parte de mi cuerpo calmarse, y crucé los brazos mostrando un gesto de molestia:

—¿Qué haces aquí? —pregunté molesta.

—Solo estaba viendo qué productos compras para mi hijo —colocó el producto en el estante, buscando otro que era tres veces más costoso—. Lleva este, es más saludable y no está a punto de expirar.

Quise gritarle, mandarlo al diablo, pero en parte tenía razón. Era costoso, pues usaba menos productos “dañinos”, y por ser más “orgánico”, su precio era una barbaridad. Él dejó escapar una sonrisa burlesca, mezclada con desafío.

—Oh, acaso… ¿no puedes comprarlo, cara mia (querida)? ¿Necesitas que te dé dinero para comprarlo?

—Claro que no —le arrebaté el pan colocándolo en el carrito de compras—. No te necesité y no lo haré. Compraré lo que considere necesario, así que puedes irte.

—Ah, ya veo —colocó su codo en el brazo de su silla, llevando el rostro a su mano—. ¿Podrás comprarlo? Porque imagino que tendrás un presupuesto algo apretado.

—Es solo comida, puedo comprarlo —rabie.

Él levantó una ceja, mostrando que mis reacciones parecían divertirlo… o algo más. Sin poder evitarlo, farfullé con molestia:

—¿Por qué estás aquí? ¿Acaso me estás acosando?

—“Acosar” es una palabra muy grande, cara mia (querida) —movió su silla un poco más hacia mí—. Solo me encontré con ustedes por casualidad.

Quise insultarlo, pero quien lo recibió emocionado fue Edward al notarlo. Corrió hacia él, dándole un abrazo que para él era todo un mundo. En ese momento quedé en segundo plano. Padre e hijo hablaban emocionados de comprar juntos. Dante le comentaba que conocía una receta de galletas muy ricas que hacía su abuela, lo que provocó que Edward deseara probarla.

Me negué, pero él utilizó eso con el simple comentario de: “¿Acaso no puedes pagarlo? Yo puedo ayudarte”. Fue suficiente para que mi orgullo cayera. Terminé comprando más de lo que debía, llenando mi carrito y gastando unos trescientos dólares en total. Sujetaba el recibo con fuerza; ese dolor de haber caído en su juego. La sonrisa de él fue suficiente para hacerme saber que caí justo donde quería.

—¡Mami, gracias! —hablaba con emoción, sentado en las piernas de su padre, quien llevaba su silla.

—No pasa nada, Ed.

—¿Necesitan que los lleve? Noto que compraron varias cosas.

No podía negarlo. Acepté, y nos guio hasta un auto donde nos esperaba James. Lo miré de reojo, y este, con una encantadora y diabólica sonrisa, dijo:

—Tengo más de diez autos diferentes.

Mi corazón latió con fuerza; por eso no lo reconocí. Con la ayuda de James, quien me ayudó con la compra, me llevó a casa. Llegamos tras un viaje incómodo donde Dante le comentaba a Edward que si viviera con él podría comer todo lo que quisiera. Estaba jugando demasiado sucio… porque Edward estaba cayendo.

Llegamos a la casa; llevaba las bolsas, y al pedirle a Edward que se despidiera de su padre, lo miré con seriedad cuando mi hijo salió de nuestra vista.

—¿Qué haces? —rabié con molestia.

—No hago nada, solo hablo con mi hijo —respondió con una falsa calma.

—Estás intentando seducir a mi hijo a cosas que no…

—¿No puedes tener? —agregó palabras a mi boca—. No es eso, fiorellino (florecita), solo le dejo ver que conmigo tendría una buena vida… además, el juez considerará con quién quiere estar mi hijo, ¿no?

Abrí la boca intentando negarme, pero no pude. Mi corazón palpitó con fuerza, sintiéndome atrapada en un mar de incertidumbre entre hacer o no hacer. No le respondí; entré a la casa sin siquiera despedirme, con todo un caos en la cabeza. A pesar de ser sábado, contacté a mi abogado, que muy amablemente me comentó que sí era posible.

—Louisa —susurró a través del teléfono—, tu caso de adopción es… especial.

—¿Especial?

—Así es —hizo una leve pausa—. A pesar de que tu caso de adopción ya finalizó, los abogados del padre biológico están usando el argumento de que se consiguió una tutela de manera fraudulenta.

La palabra golpeó mi estómago con fuerza.

—Fra-fraudulenta… —apenas dije en voz baja—. ¿Qué significa eso?

—Al no haber sido notificado, además de que están utilizando el mensaje de tu hermana en tu contra —dijo con calma el abogado—, estoy hablando con ellos para intentar llegar a un acuerdo, pero están pidiendo impugnar la adopción para solicitar la custodia. Este caso, extrañamente, se está llevando de manera acelerada, por lo que muy probablemente te pidan llevar a tu hijo en la siguiente sesión.

Llevé mi mano al rostro, mirando desde la cocina a Edward jugando con sus juguetes, lejos del caos de los adultos, donde todo parecía un mundo perfecto de alegría.

—Dime la verdad… ¿pueden quitarme a mi hijo?

Desde la otra línea hubo un largo silencio que pareció eterno. Él solamente dijo lo siguiente:

—Este caso es tan delicado que no puedo darte una respuesta. Creo que, en este caso, el juez verá la estabilidad y la respuesta de Edward, y de eso dependerá la decisión final.

Tragué en seco mientras lo escuchaba, preparándome para los ataques que podía recibir. Cerré la llamada, estrujé la estúpida factura del supermercado que parecía un bloque sobre mi espalda. Físicamente estaba cansada, mentalmente igual… pensaba que todo mejoraría… eso deseaba.

La siguiente semana fue una montaña rusa que solo fue a peor. Había aplicado a tantos empleos que parecía una burla. La mayoría me enviaban un “no eres lo que buscamos” o un simple “te llamaremos luego”. Los que sí me querían tenían horarios tan abusivos, con un pago que ni siquiera podía cubrir la mitad de lo que necesitaba. A pesar de estar ahogándome, fingía estar bien por mi pequeño y mi madre, aunque poco a poco caía en las aguas de la desesperación.

El pago de la hipoteca, junto a los medicamentos de mi madre, fueron suficientes para hundir el salvavidas que tenía. Victoria me ofreció trabajar en un bar clandestino como bailarina, el cual rechacé… pero en esos momentos estaba tan frustrada que, si no encontraba nada, lo haría sin pensarlo.

Llegó el día que menos quería que llegara. Él, imponente con su traje de marca, guiando su silla seguido de sus abogados. Edward sujetaba mi mano con nervios. Ese día sería el que definiría la custodia, donde muy seguramente tendría que despedirme de mi hijo.

J.M.Rose

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