110. Nuestras manos
Dicen que el tiempo podía curar las heridas. ¿Era eso cierto? Había pasado un mes desde el incidente en la casa de Dante, donde el dolor y el miedo aún seguían pegados a mis pupilas.
Había terminado de dar mi declaración. El juez asintió con calma, pidiendo que regresara a mi lugar. Me levanté, sintiendo el frío silencio de la sala. Estábamos en un juzgado en contra de Isabella. Ella, frente a mí. Su rostro decaído. Era lógico: aún no había procesado cómo sería su vida de ahora en adelante.
Isab