El segundero del tablero del taxi avanzó tres golpes secos.
El ruido del tráfico exterior de la avenida Muñoz Rivera parecía haberse apagado, sepultado bajo el peso de la mirada azul ártico de Carter.
Tenía los dedos firmes sobre la manija interior de su camioneta blindada.
Sabía, con la precisión matemática de un balance de Wall Street, que no estaba blofeando. Se bajaría en mitad de la avenida.
Desataría un escándalo mediático y legal en el Caribe que trituraría mi reputación y la de mi p