La noche en el almacén reformado de la panadería fue un ejercicio de tortura matemática.
El calor del Viejo San Juan no cedió con la madrugada; se quedó estancado entre las vigas de madera noble y las paredes coloniales, envolviéndome en una capa de humedad que hacía que el aire se sintiera tan espeso como el remordimiento. Pasé las horas en vela, sentada en el borde del colchón, observando el suave subir y bajar del pecho de Analía bajo el mosquitero.
El tic-tac de un reloj de pared antiguo