El sol de la tarde comenzó a teñir de un naranja encendido los adoquines del Viejo San Juan, aplacando levemente el bochorno del mediodía. Tratando de asimilar la tormenta que acababa de desatarse dentro de la camioneta blindada de Carter, decidí que necesitaba aire libre.
El espacio cerrado del almacén de la panadería se sentía demasiado pequeño para albergar el eco de su voz ronca y la calidez que todavía me quemaba la comisura de los labios.
Acomodé a Analía en su cochecito de paseo, asegur