El silencio que Juliet Vance dejó tras de sí al cruzar el umbral de la panadería se transformó en una densidad asfixiante, un vacío contable donde el eco de las palabras de Carter seguía rebotando contra las paredes de la trastienda.
Sostuve el sobre marfil entre mis dedos, sintiendo cómo el papel texturizado absorbía la humedad de la harina y el sudor frío de mis manos.
—Mila, por Dios, ¿qué pasa? ¿Qué quiere ese hombre? —la voz de mi padre, Víctor, me obligó a levantar la mirada. Sus ojos os