El tono de llamada resonó tres veces en el auricular del teléfono prepagado antes de que la línea se abriera con un chasquido metálico.
El silencio del almacén reformado parecía agudizarse con cada segundo, roto únicamente por el crujido de la madera bajo las botas de mi padre y el suave aleteo de las lamas de la ventana.
—¿Mila? —la voz profunda y carrasposa del tío Luis inundó el receptor, cargada con la misma sobriedad jurídica que recordaba de sus años en los tribunales de San Juan—. Vícto