La mañana en el Viejo San Juan comenzó sin la precisión quirúrgica de los despertadores de Manhattan, sino con el canto de los gallos lejanos y el murmullo de los primeros camiones de suministro sobre los adoquines húmedos de la calle San Justo.
El calor del amanecer ya se sentía denso, pegajoso, impregnado del salitre del océano cercano y, por supuesto, del olor celestial a harina tostada que subía desde los hornos de mi padre.
Dejé a Analía durmiendo plácidamente bajo el mosquitero de la pla