El trayecto en la limusina de vuelta al muelle financiero de Manhattan fue una carrera contra el reloj del Departamento de Justicia.
Carter no me soltó la mano ni un solo segundo; sus dedos largos mantenían una presión firme y protectora sobre mi muñeca, justo encima del diamante que sellaba nuestra alianza. Su presencia de sastre gris marengo desprendía una determinación destructiva que me estabilizaba el pulso en medio de la tormenta legal.
Cuando el ascensor privado se abrió en el piso cuar