La luz del martes por la mañana se filtraba de una manera radicalmente distinta a través de los inmensos ventanales del ático en el Upper East Side. Ya no era ese resplandor grisáceo, hostil y geométrico que solía recordarme mis obligaciones corporativas en Manhattan.
El sol de la primavera neoyorquina lograba perforar las nubes de la tormenta anterior, proyectando destellos dorados y cálidos sobre las sábanas de lino blanco de la habitación principal.
Abrí los ojos despacio.
El silencio en l