El eco de la puerta doble de madera de nogal cerrándose a nuestras espaldas pareció marcar el inicio de un juicio privado.
Caminamos por el pasillo del piso cuarenta en un silencio sepulcral, pero en cuanto pusimos un pie dentro de la suite ejecutiva, la tormenta estalló.
Giré sobre mis tacones, encarándolo antes de que pudiera colgar su abrigo.
—¿Una relación sentimental formal? —exigí, la voz temblándome por la indignación reprimida—. ¿Tiene idea de la locura que acaba de cometer, Sterling?